

Raíces Industriales

Mi relación con la industria comenzó a los 8 años, junto a mi padre, en su taller de paileria pesada. A su lado crecí entre reuniones, obras y proyectos de ensamble y montaje, en una época en que muchas decisiones dependían de cálculos, experiencia, criterio técnico y trabajo directo en campo.
Con el tiempo, esa cercanía me permitió aprender el valor del oficio: la soldadura, el trazado, la lectura de planos técnicos y la toma de decisiones y responsabilidades en actividades en campo me llevaron a comprender la importancia del trabajo en equipo en entornos exigentes. Más que habilidades aisladas, fueron experiencias que me enseñaron a respetar el trabajo técnico, entender la realidad de quienes ejecutan los proyectos y valorar la precisión, la seguridad y la responsabilidad que exige cada actividad industrial.
Esa experiencia fortaleció mi confianza al término de mi carrera universitaria para incorporarme a la industria y moldeó una forma de verla que aún hoy guía mi trabajo: vivir de primera mano la realidad del piso de planta, escuchar a las personas, analizar el proceso antes de proponer soluciones y mantener siempre una conexión clara entre el trabajo técnico, la operación y los resultados; pero, sobre todo, mi pasión por la disciplina de la vieja escuela.



















